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¿Qué paso con las parteras?
Su sabiduría popular entra a veces en conflicto con la ciencia, pero las mujeres aún las b...


Parteras: frente al largo adiós

Sin tristezas y con buen humor, han dejado su lugar a los hombres de blanco | su sabiduría popular entra a veces en conflicto con la ciencia, pero las mujeres aún las buscan. Algunas parecen tocadas por un don que les permite no sólo atender parturientas, sino curar el pasmo y la tristeza. En otros países la profesión prospera

Aunque la historia más sorprendente se contará al final de estas líneas, la experiencia que tuvo Mercedes Áñez (foto principal) como partera es conmovedora. Durante muchos años vivió en la zona de San Julián, no en la llamada colonia, sino en las inmediaciones de Cotoca, donde ahora reside. Su conocimiento era requerido en localidades como Espino y Lorenzo. Hasta esos lugares se desplazaba por los caminos arenosos para aliviar los pujos de alguna parturienta.

¿Cómo aprendió? "Así nomás", dice con sencillez. Observó a sus mayores, y cuando en 1974 llegaron enfermeros y médicos estadounidenses para impartir un cursillo, ella ya tenía experiencia. Abre los dedos para indicar el momento en que la dilatación alcanza el "diez", aunque no explica si se trata de diez centímetros: "Los dolores aumentan y llegan cada cinco minutos. Se apreta un poco la barriga y se recibe al bebé".

Contado así, el trabajo de parto parece sencillo. Después -continúa Mercedes- sólo queda cortar el cordón con una tijera previamente empapada en alcohol y amarrar el cordón con un hilo también empapado. Luego, la infaltable agua tibia para bañar al recién nacido, y los consabidos consejos que hasta hoy siguen primerizas y experimentadas: tomar tujuré, yerba mate y chicha para "criar leche". Claro, tomar algún producto lácteo también es bueno.

Ahora viene lo interesante. "Los hombres nacen generalmente de barriga y las mujeres de espalda". Todas las parteras entrevistadas saben, mediante el tacto, la posición en la que está el feto. Mercedes Áñez ha llegado a desafiar a las embarazadas a que le muestren, con ecografías, que el feto no está en la posición que ella indica.

Lo mismo dice Aniana Moreno y añade algo más: las mujeres se alojan al lado izquierdo de la barriga y los hombres al lado derecho. "El varón que está en posición de mujer, es delicado. La niña que está al lado derecho, es medio "amachada", dinámica, valiente. Lo he visto hasta en mis hijas", cuenta.

Tuvo ocho mujeres y un varón. Eso sí, su barriga siempre fue "vergonzosa". Su esposo nunca estuvo presente en sus partos. “Le tenía vergüenza”, comenta.

En cuanto a la manipulación del feto, las opiniones entre parteras y médicos son totalmente distintas. Raúl Hevia, director de la maternidad Percy Boland, es tajante al decir que mover un feto es peligroso. "Es una idea mala que había antes. No se preveía el peligro que corría la madre. Se podría romper el útero o un gran vaso sanguíneo y ocasionar la muerte de la paciente. Cuando hay un feto en situación transversa y oblicua, está indicada la cirugía. No nos arriesgamos. Sobar es peligrosísimo, siempre lo fue. Lo que se trata de hacer es rotarlo y ponerlo en posición cefálica. Se pueden desgarrar los ligamentos", explica el director.

Una técnica que explicó el médico Mario Pommier a principios de la década del 90 consiste en introducir la mano y rotar al niño dentro del útero. Obviamente, la mujer tiene que estar en trabajo de parto. "Hay ciertas condiciones. Por ejemplo, la mujer debe haber tenido más de cinco hijos. Es raro, pero ocurre en personas que llegan de las provincias. Introduzco mi mano, roto al niño y lo saco por los piecitos. Se llama extracción podálica. Hace cinco meses ocurrió uno de estos casos", cuenta Raúl Hevia.

La única matrona que está de acuerdo con Hevia respecto de las "sobadas" es Bertha Castro. "Con uno de esos movimientos se puede romper la matriz. Lo que pasa es que cuando la embarazada no está a término, el feto está como flotando. Lo que hacían es que la cabeza quede en posición. A veces se acomoda y otras no", afirma.

Por supuesto, Mercedes Áñez, Aniana Moreno, Basilia Ortiz y Paulina Áñez no ven peligro alguno. "Con algún aceitito se soba. Muchas que he sobado se fueron al hospital a tener sus hijos sin problema. El médico dice que no sirve, pero la verdad es que sirve de mucho", dice Aniana. En Paurito, su tierra natal, siempre la esperan ansiosamente porque además sabe curar varios males.

Por supuesto, hay casos en los que una cesárea es inevitable. Paulina Áñez recuerda que su extinta tía Polonia, que le enseñó casi todo lo que sabe, revisó a una mujer. Según oyó, la criatura tenía la cabeza y las piernas en una posición que impediría el nacimiento. "No va a nacer", dijo Apolonia. Lo mismo le dijeron otras dos. "Está hecho un bollo. No va a nacer". En el campo, sin posibilidades de salir rápidamente a un centro médico para la operación, la parturienta falleció. La madre de la mujer no pudo dormir desde entonces, porque soñaba con su hija. El sacerdote de Cotoca les aconsejó exhumar el cuerpo y enterrar al niño al lado de la madre. "Así lo hicieron y vieron al chico bien doblado. Desde ese día, la madre de la parturienta durmió tranquila".

En lo que concuerdan parteras y médicos es en la necesidad de reducir las cesáreas. Investigadores de todo el mundo concuerdan en que estas operaciones, que fueron una "moda" desde la década de los 70, podrían reducirse en más de un 25%. Las mujeres olvidan que se trata de una cirugía mayor.

LA VIDA DE MANO EN MANO

La mayoría de las entrevistadas aprendió mirando. En otras palabras, todas son mujeres curiosas. Y tienen esa inteligencia amable que da la experiencia. Un día, la tía Polonia llamó a Paulina. "Haceme el favor de acompañarme", le pidió. Fueron a ver a una mujer que estaba a punto de dar a luz.

La joven Paulina vio que la matrona calentó agua y le dio a la embarazada un baño de asiento. Luego, preparó una taza de cogollo de piñón, caré (o paico) y manzanilla. Era mediodía. "¿Y cuándo va a nacer?", preguntó ansiosa Paulina. "A las ocho o a las nueve de la noche", respondió la tía. El primer llanto se escuchó a las 21:30.

Atendió por primera vez a su hija, que se negó a ir a la maternidad y prefirió tener a su bebé en Cotoca. Paulina corrió a avisar a Melchor, el sanitario y enfermero del pueblo. "Fabiola está de parto", le dijo. "Bueno, más tarde voy", respondió el hombre, y Paulina, preocupada, le pidió que se apure. Pasaban los minutos y el sanitario no llegaba, así que decidió calentar agua, iniciar el baño de asiento y cebar el cogollo de piñón...

"La bebé quedó en mis manos. Eran las 12 del día. Al poco rato apareció don Melchor, y le pesó no haber estado presente. Desde ahí, seguí atendiendo", cuenta. Más de 300 partos ha atendido en Musuruquí, Cotoca, Piococa y otros lugares. Muestra un certificado de ‘Partera Empírica’ que le extendió en 1976 el Ministerio de Previsión Social y Salud Pública. Otro similar está guardado en la casa de Mercedes Áñez.

Su hija, Naine Saucedo, aprendió mucho de ella; también estudió enfermería en un instituto; ambas comparten la lectura de No hay doctor, un libro que describe algunos procedimientos sobre el parto.

Basilia Ortiz empezó espiando tras las puertas y luego se perfeccionó con otras mujeres y con ella misma, que se aisló para tener a sus hijos, que son cinco. Su hija mayor le llevaba el agua caliente y ella misma cortaba el cordón, bañaba y fajaba al bebé.

Aniana Moreno tuvo como maestro al partero y naturista Norberto Pinto, un tío de su esposo. La esposa de Norberto estaba con un embarazo casi a término. Él salió al campo, y recibió esta advertencia de Aniana: "No se vaya a quedar, que Ignacia no durmió bien anoche". Al poco rato la embarazada sintió dolores y se acostó. Ella, al verse sola, mandó a llamar a Norberto, pero ya el muchacho estaba saliendo. "Cuando él entró, ya el chico estaba en mis manos. Pero no me animé a cortar el cordón. "¿Vio que sirve ser curiosa? Lo hizo muy bien", me dijo".

No sólo saben de partos. El llamado pasmo, que según ellas los médicos llaman inflamación, se cura a punta de sobadas con aceite y otras medicinas. Si no se lo cura -dice- con el tiempo aparecen tumores. “Hay un pasmo que parte la cabeza de los bebés. Yo curé a mi segundo nieto. Se le hundió la cabecita después de que lo bañaron. Lloró toda la noche. Mi hija se asustó cuando lo vio con la mirada fija”. Los remedios fueron aceite de castor, infundia y aceite de peta . “El niño sanó”, cuenta Paulina, y advierte que cuando el hueso de la frente está separado, los niños lloran dos horas y mueren. Aniana Moreno dice que el pasmo puede ser ocasionado por el agua o por el sol. “El niño con pasmo de sol tiene ojeras. Si el pasmo es de agua, hay sudor en la frente y sobre el labio. El muchacho está aburrido, afiebrado. Hay que friccionarlo y abrigarlo para que traspire”. El diagnóstico: “Es increíble. Al poner el dedo en la boquita, el calor palpita y se siente como un clavo”.

Si las matronas aprendían casi por casualidad, los médicos lo hicieron por necesidad. El director de la maternidad no tiene ningún empacho en contar que Mary Villarroel y Bertha Castro fueron las dos grandes matronas de esa institución. Ambas, cuenta, fueron formadas nada menos que por el equipo de Percy Boland. "Cuando hice mi residencia en 1986, ellas eran las matronas. Nos enseñaron a atender los partos. Estaban al nivel de una instrumentista de quirófano", cuenta Hevia. Bertha Castro enseñó a los jóvenes médicos cómo realizar episiotomías (corte en la zona de la vagina y la vulva para facilitar el parto) y la respectiva sutura.

"Nosotras trabajábamos solitas. Cuando ellos llegaron, fue un alivio", recuerda con emoción la matrona, ahora jubilada. Como curiosidad, dice que en esa época existía el llamado "parto económico", que consistía en que los médicos dirigían todo por teléfono, y el "personalizado", cuya ventaja era tener al galeno cerca de la parturienta. Para entonces, habían quedado ya lejos los años en que matronas como Isabel Domínguez y Dionisia Herrera impartieron su conocimiento a la generación de Bertha Castro, que fue prácticamente la última en pasar por la maternidad.

De paso, es necesario decir que en esa institución han nacido al menos 600.000 del millón y pico que vive en Santa Cruz. Pese a eso, las instituciones de ayuda la olvidan con frecuencia, según se queja el director.

AL BORDE DEL MISTERIO

Imposible no sentirse desnudo ante doña Alberta. A sus 77 años, ha visto más que cualquier mortal. Las mujeres que atendió no ahorran palabras de elogio. Luisa Limachi esperaba a su séptima hija. Un lunes, con el tiempo de embarazo casi cumplido, se sentía pesada y se veía hinchada; el médico le dijo que su vida y la de la bebé corrían peligro, por lo tanto, debía intervenir de inmediato. Luisa recordó que una tía perdió sensibilidad y fuerza en una pierna después de una cesárea. "No te vas a hacer cortar, hija", le decía la mujer. Por eso decidió ver a la experimentada Alberta. La mujer revisó a Luisa y le dijo que aún le faltaban dos semanas. Catorce días después, a las 2 de la mañana del lunes, dio a luz a Cecilia, que hoy tiene 13 años. El mismo médico que la diagnosticó se encargó del parto. "La ciencia es así. Se equivoca", comentó.

Verónica Padilla acudió en sus tres embarazos a doña Alberta. En el último, cuando sentía molestias, la visitó. Después de tocarla, la matrona la urgió a que se vaya a la maternidad. La mujer se sorprendió, pero obedeció. En el tiempo que toma ir desde la zona de La Colorada hasta el centro, y mientras la subían a la camilla, el bebé empezó a salir.

Doña Alberta atendió por primera vez el parto de una mujer que tenía retraso mental. La encontró en la calle, moviéndose a gatas y con dolores. "La llevé a mi casa y la atendí. La limpié, corté el cordón y todo".

Luego, doña Alberta se casó y tuvo varios hijos. Enviudó y quedó inconsolable. Mientras lloraba a su esposo, sentada al borde de su cama, vio una sombra que se le acercó. “No te preocupés de cómo vivir. Yo te voy a dar un don”, le dijo. Desde entonces, esta religiosa mujer ha curado de todo. “Dios está a mi lado, sentado”, cuenta. Él la ha ayudado a salvar a una parturienta que estaba con hemorragia. También calla a niños que inexplicablemente lloran sin cesar. ¿Cómo? “Eso es asunto mío”. También sabe cuándo va a morir alguien. “Dios también me ha dicho cuándo voy a morir”, afirma.

Todas las entrevistadas están ya retiradas. Han cedido su lugar a los médicos y se han despedido de su oficio con la naturalidad con que la vida llega... y se va.

La profesión

• En otros países sigue vigente

En España y Estados Unidos, la profesión de partera es reconocida. Hay cursos, talleres y sistemas de calificación para ejercer el oficio. Desde la página www.midwiferytoday.com es posible suscribirse a un boletín trimestral y entablar contactos con una comunidad virtual de parteras o matronas que se extiende por Brasil, Noruega, Haití y otros 40 países. Se debe escribir a iam@midwiferytoday.com.

• La opción de nacer en casa

La asociación Nacer en Casa funciona en España desde 1988. No sólo está integrada por parteros, sino por ginecólogos y psicoterapeutas que ven en el parto domiciliario un retorno a la humanidad y a las cosas sencillas. Incluye una lista de teléfonos de los profesionales a los que se puede acudir (nacerencasa.org). Toman en cuenta las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. También hay enlaces a páginas que muestran las ventajas y videos sobre el nacimiento en el agua. Existen foros abiertos para opinar y pedir información

• Más opciones

La Asociación Española de Matronas es muy activa. Organizó hace dos años el congreso “Las Matronas ante la oportunidad del siglo: recuperar identidad y autonomía”. También organiza cursos de obstetricia y ginecología. En centromimatrona.org la información está más sistematizada. Hay detalles para realizar una valoración física y psíquica no sólo de la embarazada, sino del padre. Se ofrece asesoramiento nutricional personalizado, determinación de la posición, latido fetal y explicación de desarrollo fetal, además de cambios gestacionales y cuidados.


marta
http://www.lostiempos.com/oh/07-01-07/07_01_07_actualidad1.php



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